El ejercicio de ser admitidos en la ORGANIZACIÒN PARA LA COOPERACIÒN Y EL DESARROLLO ECONÒMICO – OCDE, fue el clásico capricho de un mandatario en un paìs donde la figura presidencialista tiende al autismo y al capricho personal. El ego de cada Presidente se convierte en ese abismo insondable que casi siempre se reconoce como su máxima expresión del poder.
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La primera impresión que puede tener el lector sobre el título de esta columna es que voy a hablar sobre lo que en su libro “El paladar de los caldenses” Octavio Hernández Jiménez llama nuestra buena mesa.
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